Arconte (Prólogo)
Por: Vryan Zloflow Los cabellos, negros como el ébano, hondean rítmicamente con el viento, que a su vez mueve los cardos y árboles del bosque. La sangre se desliza por su piel, como la vida de su cuerpo. Me detengo, dejo de arrastrarle entre la maleza y la contemplo. Hay tanta belleza en la muerte. Jamás lo he entendido, cómo la gente le teme. Es el final, el final de una agonía casi eterna, de una tortura sin sentido. Suspiro. Qué injusta es la vida con su contraparte. Apoyo su frágil torso en un árbol. La miro a los ojos, infinitos, como el mar. Muevo mis labios sin saberlo, sin siquiera quererlo con conciencia. “¡Agradéceme!” Espeto. Espero. No sé cuánto tiempo, pero lo hago. Es egoísta, lo sé. Pero mi labor, mi labor es algo que va más allá. Aunque sea merezco una sonrisa. ¡No hay respuesta! Es una perra, viva o muerta, siempre lo ha sido. Me lo repito una y otra vez, en eso muevo su cara hacia mí. ¡He terminado con su vida por ella! ¡Terminado su dolo...