El viejo camello Bibliobus Llega al Cairo
El viejo camello
Bibliobus Llega al Cairo
Por Jhon Jairo Navia.
¡ A formaaar !
Expelió la voz de corte profesoral, diseminándose por las empinadas
calles como si quisiera rebotar
contra las montañas verduzcas del
Cairo, Valle del Cauca. Y los chicos, alegres, vivarachos músicos de la banda de paz corrieron hacia sus instrumentos. Estaban un poco retrasados así que tenían
perfectamente claro que el desfile
musical por las calles principales del
municipio habría de empezar,
atravesado por unos rayos de sol que ya en la tarde sucumbirían a la niebla y el
frío que
cubre las viejas fachadas de las
casonas paisas que
rodean la plaza. Las notas agudas de la lira sonaron de primero trayendo del mundo de los recuerdos el resto de la melodía y hasta la letra de una dulzona y vieja balada, ya muy poco escuchada: “durmiendo vivir
durmiendo…soñando vivir soñando hasta que tu regreses y te entregues en
mis brazos.” La marcha era orgullosa, colorida, ensanchaba las amplias calles y sujetaba la mirada de decenas de lugareños parados
en sus pórticos. Como en un sueño, el intrépido Bibliobús de la Biblioteca Departamental,
casi una ballena aventurera, cargado de libros, cerraba el desfile. Era un día para
divertirse, para no pensar en el
invierno que convirtió la maltrecha
carretera en una licuadora de fango y aisló el pueblo durante largo tiempo como en aquellos días de 1920 cuando fue fundado como último recodo de
la civilización.
La impresión de que en El Cairo abundan los niños, ciudadanos del ahora, no
es gratuita. Son el grupo poblacional
más grande y aunque uno no tiene la seguridad de que hacia ellos se dirijan el grueso de las políticas sociales municipales
si se tiene la pequeña tranquilidad de
que esfuerzos institucionales del
Departamento para atenderlos desde la
perspectiva de la recreación y la lectura apuntan – Así sea de manera no del todo ordenada- en la dirección
correcta. Por eso la Biblioteca Departamental invierte algunos escasos
recursos, enviando el viejo busetón que ronronea lento y ya casi a punto de asfixiarse por tantos
desperfectos. No tiene aire
acondicionado para el caso de nuestras
regiones calurosas, su pito tiene la manía de sonar por mero capricho cuando entramos o salimos de los pueblos, el motivo
de su pintura señala antiquísimos
programas institucionales ya superados; y
como si fuese poco uno contiene la respiración como para no robarle oxígeno, para darle ánimos
para que suba, sube camellito subeee. Y
sin embargo el busetón llega a su
destino, cumple su misión, invita a la lectura
casi mejor que el más moderno de los autobuses de turismo de primera
clase y deja el aguijón de la lectura clavado en los corazones de muchos, como
los niños del Cairo que se suben y lo
usan con la naturalidad de conocerle
porque ya están habituados a que en los momentos importantes la Biblioteca
Departamental no los dejará solos.
Algunos de ellos eran los
consagrados músicos que ahora
pasaban hojas, picoteaban trozos,
jugosas porciones de textos carnudos, y
pedían libros que hubiéramos debido tener.
Pero en el Cairo hay que hacer más que
coloridos desfiles mañaneros y por
fortuna lo entendemos en su justa dimensión aunque no lo enfrentemos con la
decisión necesaria. De sus casi diez mil habitantes, entre los
cuales hay unos unos dos mil quinientos niños entre los cero
y los nueve años en comparación
con sólo
novecientos adultos entre los 50 y
los 59 años habría cerca de mil quinientos analfabetas distribuidos en todos los rangos de edades , aunque de seguro
con mayor intensidad en la población
mayor de 50 años y los campesinos. Son muchas personas, muchos ciudadanos
excluidos a quienes la sociedad no les garantiza su derecho a participar. La biblioteca pública del Cairo y el
vetusto bibliobús adquieren entonces connotaciones épicas, aunque,
tristemente, no mucha gente parece percibirlo. La biblioteca ni siquiera tiene un aviso notorio que la identifique aunque tiene la fortuna de
estar ubicada en la plaza del pueblo,
de tal manera que no sería difícil ponerla en el centro de la escena. Son como tantas dimensiones de la realidad vallecaucana:
debilidades que se pueden volver
oportunidades. Eso claro, dependiendo del alcalde municipal, del
gobernador y la bibliotecaria del
momento, que en este caso es Francis, una chica joven que ( naturalmente como
se esperaría en un pueblo de jóvenes) camina segura de sí misma con su pequeño
hijo cargado y que va anunciando a
los lugareños que la biblioteca municipal los espera a todos.
Casi nadie sabría que es la nueva bibliotecaria del pueblo y que fue
entrenada intensamente en Cali durante una capacitación para los
bibliotecarios recién contratados
de la red departamental. Pero de seguro que al verla
sonriente y promoviendo los servicios de
la biblioteca, la imagen social que se
construyen del desfile y el bibliobús avanzando parsimoniosamente, hará que
algunos vayan y pidan un libro
para aprender a cultivar huertas
caceras, hacer arreglos navideños, leer una novela o consultar una ley
para enviar un derecho de petición.
Incluso podrían ir a buscar libros de chistes o manuales para jugar billar.
El Cairo suele yacer ahí, paradisiaco
o infernalmente tedioso, dependiendo de la mirada de quien acaba de llegar y se extasía al
contemplar la dimensión casi obscena de
su riqueza natural o de muchos jóvenes que acabados de graduarse de la
secundaría ven como sus opciones de vida se reducen a ser peón de finca o a
huir a una gran ciudad. Uno alza la mirada y el paisaje lo atropella. Descomunales
cuchillas y faldas cordilleranas cultivadas con café, plátano, maíz,
banano; o todavía en manos de bosques
vírgenes; exuberantes fuentes de agua por
las que se matarían en los desiertos chinos; bandadas de pájaros
silvestres. Y es casi natural que sea de esta forma: El Cairo
está rodeado por los ríos Bonito y Las Vueltas,
plácidamente usufructúa las
prodigas tierras de la serranía de
los Paraguas, los altos de Galápagos, La
Cruz y Morrón y las cuchillas
Camellones, Espinazo y Carbonera. Es la puerta de entrada a la selva
virgen del Choco.
Pero si uno fuera el joven o la joven
en el que se convertirá uno de los niños que tocaba tocaban
la lira y tiraban sonrisas a diestra y siniestra y que instantes después encendía la máquina de sus sueños cuando leía en el extrañamente
pequeño pero infinito espacio del Bibliobús, la perspectiva podría cambiar. El Dane dice, sin inmutarse, de la misma forma
en que nos dijo que había dos mil
quinientos niños de cero a nueve años,
que en El Cairo solamente 5200 personas han alcanzado primaria, 2300 tiene terminada la secundaria y apenas, penitas, penas ciento ochenta tienen universidad o posgrado.” ¿ Qué puede significar entonces la tibia
acción de la biblioteca y la ingenua
pero noble intención del
bibliobús en un municipio que está cerca de cumplir cien años y todavía no
parece poner la educación en el centro
de su agenda pública? Yo no sería del todo pesimista. No hay que
menospreciar que ese encuentro furtivo entre niños, libros y busetón puede cambiar
el mundo. Una sola imagen robada,
un pedacito de texto puede permanecer en la mente de los chicos y tras años de trabajo sicológico silencioso,
como un gusano de guayaba madura, obrar una manera diferente de ver el mundo. Me gusta pensar que pequeños cambios hacen
grandes revoluciones y de esa forma veo la gestión de la directora
de la Biblioteca Departamental, que a
cientos de kilómetros y con una intuición que sorprende saca presupuesto de donde pareciera no haber más que ollas raspadas y envía
tres quijotes al último – o al primer, dependiendo de la mirada- rincón de la provincia
vallecaucana. Al Cairo. Que es como si a uno le dijeran, váyase en camello, sin
aire acondicionado, hasta la capital de
Egipto el país de las pirámides, venza los derrumbes, las miles de toneladas de
lodo que amenaza con enterrarnos con
todo y libritos y busque a los niños
para que les lea un cuento. Todo lo que
hay que hacer para leer un cuento.
Muchas
cosas se quedan sin contar en cada crónica que escribo. No puedo por
ejemplo transcribir toda la felicidad
que siento de volver a salir a los pueblos de Colombia a hacer lo que más amo.
Y no lo hago porque el papel no
puede con todo y porque yo no
soy el protagonista de la crónica, como tampoco lo son José Luis, mi
compañero promotor de lectura que
hace su trabajo con la convicción de un monje tibetano y William, el
experto amansador de este viejo, decrépito pero alucinante camello
motorizado llamado b i b l i o b u s .
Biblioteca-camello-bus-que viaja al Cairo. Y que serios son mis compañeros en su
trabajo, como para que ningún burócrata
en su cómoda oficina con aire acondicionado
vaya a pensar que salir con el
b i b l i o b u s Biblioteca-viejo camello-bus es un paseo. Mañana
en la mañana partiremos para Versalles.
Ya veremos.
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