Control lanificado

Control
Lanificado








Seb M Coronnel



Un gato monocromático estaba dormitando profundamente en una cómoda manta blanca. Dominaba el rincón de una minimalista habitación con solo una ventana redonda que permitía a la suave brisa otoñal penetrar la estancia. El minino, placido en su estado, no se percataba de nada en absoluto.

Un ruido sordo le estremeció. Sus bigotes vibraron y sus pesados parpados liberaron a unos hermosos y ambarinos ojos. Rendijas se dilataron hasta ser totalmente unas esféricas pupilas tan negras como las profundidades del infierno, reflejadas en ellas se podían apreciar un hilillo, al parecer de lana.

El gato se levantó y lentamente se quitó la pereza de encima. Vio como el hilillo de lana, que era de un azul tan profundo que emanaba el sentimiento de estar mirando un mar intranquilo y a la vez manso, le atraía. Con el sigilo que caracteriza a un felino, se dispuso a avanzar hacia el cordel de lana, entonando sus ojos y preparándose para saltar en cualquier momento.

El gato estaba a tan solo unos cuantos centímetros cuando de repente el hilillo cobró vida, como si lo hubiesen halado. El gato dirigió su mirada hacia la enorme puerta que había al final de la sala y vio como el ya no inerte cordel abandonó su habitación. No lo dudó ni un segundo y salió como un enfurecido relámpago. Pero se detuvo cuando capto que la oscuridad era la reina del pasillo.

Se arrebujó sobre sí mismo, intimidado ante tal desconocida opresión de soledad y desconcierto. Pero decidió adentrarse y correr el riesgo, tenía que descubrir a donde llegaba el tan llamativo cordel. Su visión felina se apoderó de las sombras y divisó el hilillo que le llamaba moviéndose de izquierda a derecha, incitando al cazador que llevaba dentro.

Posando una pata sobre la otra, internándose, su trotar se convirtió en un correr y casi a ciegas persiguió con convicción esforzando su vista para no perder el cordel. De repente se estrelló contra una pared, sacudió su cabeza y arremetió de nuevo su ágil empresa.

Se cumplieron un sinfín de eternidades o eso creyó el gato. Fue testigo de logros y derrotas, de felicidades y angustias, riscos y escaleras de difíciles andares. Todo en la ilusión de una infinita negrura. Ya llegando al final, el gato descendió una empinada colina aun siguiendo el rastro de su  tan preciado cordel de lana. Una colina que daba paso a un abismo del mismísimo tártaro. Pensando después de actuar, el gato saltó.


Percibió que unas muy variadas voces le impulsaban a seguir, ofreciéndole sus fuerzas para que alcanzara lo que quería. Perdiendo toda ágil habilidad, se sostuvo al linde de unas gigantescas escaleras de mármol. Atrapó con su mirada una luz que había en el fondo, y de nuevo el juguetón cordel parecía saludarle.

Por primera vez sintió fatiga,  y con ella al lomo, llegó a la cima. Por un agujero en el techo, que se veía tan lejano que parecía una muy solitaria estrella, un vórtice de luz dorada impregnaba el espacio creando un perfecto aro amarillento que iluminaba solo un ínfimo  del lóbrego suelo. En medio del anillo resplandeciente yacía negligente una enorme bola de estambre azulada. Se podían contemplar las rebeldes olas  de un espléndido océano.

El gato, estupefacto, pues la bola de estambre era cuatro veces más grande que él, la empezó a rodear, con un deje de desconfianza en sus bigotes. Nunca había visto algo tan sumamente ajeno a su diario vivir, terminó de darle una vuelta completa cuando algo cambió. Reflejado en la bola de estambre, un Gato monocromático tenía una fija mirada, absorta o sorprendida. La rigidez de su cuerpo era implacable.

Extendió su pata, sentía la necesidad de palpar lo que estaba viendo, ni para un gato tenía sentido alguno. Lenta y cuidadosamente se acercó a la superficie de la bola de estambre, vacilante.


Con un confuso sobresalto seguido de una placida serenidad, se percató que una dulce caricia le rozo las puntiagudas orejas.

Comentarios

  1. Esta muy bueno, me gusto mucho la parte en donde el gato abre los ojos, describiste de una manera perfecta ese momento. Me hiciste sentir la necesidad del gato por el estambre.

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