Leer cuentos a 120 niños del Hogar Juguetones Entre los sueños y el parque donde consumen drogas.
Chicos, como ustedes saben soy promotor de lectura, lo cual significa que mi vida es recorrer el mundo en busca de amigos de los libros. He recorrido selvas, lagos, carreteras desoladas por todo el país y de ahí he sacado las mejores de mis experiencias. Esta crónica describe uno de esos hermosos momentos.
Leer cuentos a 120 niños del Hogar Juguetones
Entre los sueños y el parque donde consumen drogas.
Por : Spagueti Morela /Biblioteca Departamental JGB
Lo que nosotros llamamos autopistas parecen lánguidas imitaciones de las verdaderas y por ellas avanzaba el brumoso Chevrolet NPR modelo 1994, tres toneladas de capacidad; anaqueles metálicos; 500 libros de todos los tipos; un conductor; un promotor de lectura; una oscura dirección al extremo oriente de la ciudad y la misión de encontrarnos con 120 niños de un hogar infantil de bienestar administrado por el Estado para leerles cuentos. En las esquinas las luces de los semáforos perforaban el tono grisáceo de la mañana, botafuegos, equilibristas, saltarines, niños y adultos que vendían dulces o pedían una moneda eran la triste compañía circense de la pobreza y nuestro surrealismo social. Y al llegar, habiendo cruzado dos o tres puentes desde los cuales se adivina la mole de edificios escurridizos nos esperaba la amplia fachada de rejas metálicas que separaban el Hogar infantil Juguetones de un parque esplendoroso y de propiedad de jóvenes perdidos en el uso desaforado de drogas. Uno de ellos alucinaba con alguna patética visión que emergía de las ramas de un arbusto y persistía en hallar el extraño ser que lo aterraba. Íbamos a leer Dónde viven los monstruos del fallecido escritor neoyorkino Maurice Sendak, en el que un niño es castigado por sus pilatunas y se va a vivir donde los monstruos, precisamente, y Ahora no Bernardo, corto e impactante libro álbum en el que un niño se convierte en monstruo porque sus padres lo ignoran.
El Bibliobús es un servicio de biblioteca itinerante de la Biblioteca Departamental fundada hace 60 años con la donación de 3500 títulos de un industrial que vivió en la entonces pequeña villa de Cali, a principios del siglo XX. Recorre miles de kilómetros; navega costas selváticas en planchones; ignora descomunales derrumbes por los constantes inviernos y siempre llega a su destino y nadie sabe si verlo como el achacoso viejo y terco camioncito o como el achacoso viejo y terco héroe que hace de la red departamental de bibliotecas y el proceso de promoción de lectura un grupo de tercos empecinados en promover el encuentro feliz entre los ciudadanos y los materiales de lectura. De cualquier forma hay algo en ese conjunto de fierros afinados y libros desperdigados por los anaqueles improvisados que produce una extraña sensación de felicidad; parece un antiquísimo molino de viento, una alegoría al quijotismo de los que no dejan de soñar.
El hogar infantil de bienestar deslumbra por su limpieza y comodidad. Son cerca de 2300 metros cuadrados en los que los 120 chicos entre 2 y 5 años tienen piscina, salas de juego, un colorido jardín, y una deliciosa cocina en la que dos cocineras inventan manjares como en un cuento árabe. La mañana se adueña del paisaje plano del oriente de la ciudad, gigante porción de la torta urbana donde viven cerca de 600 mil obreros y obreros desempleados. Educación con calidad es la estrategia del Hogar para enfrentar el violento conflicto social que pone al extremo oriente caleño frente a miles de asesinatos, robos y violaciones que hacen de sus calles nidos permanentes de balaceras. Al bibliobús, encajado abruptamente entre el pasillo central de acceso y las rejas que defienden el hogar de la calle, van subiendo los niños en hilera como en un sartén de cabelleras multicolores: negros – o afrodescendientes- mulatos, mestizos, peli crespos, peli lacios, van siendo devorados por la ancha barriga del bibliobús. Y es la hora de leer. Se abre una indefinible parcela en la mente de todos. Carolina, la joven sicóloga los observa y sigue las narraciones… “La noche en que Max se dedicó a hacer travesuras de un tipo y de otro, su madre lo llamó monstruo…” Uno pensaría que ella está disfrutando y mirándolos fijamente para detectar en sus comportamientos el indicio de posibles problemas que traigan de sus familias. El Hogar es un sitio de gente amable y algunas bromistas como las negras Celda y María Fernanda que nos recibieron diciéndonos que cómo se nos había ocurrido traer eses camastrón – el camioncito-y luego habían estallado en risas porque el conductor, azorado porque se esforzaba para pasar el camastrón por el angosto pasillo central, les había lanzado una mueca como para hacerlas sentir desagradecidas.
Carolina, 27 años, delgada, espontánea; cuando niña, soñaba con ser sicóloga y trabajar con niños y está feliz porque ha vuelto a trabajar al hogar después de una incapacidad médica. Yo le voy preguntando de una en una para construir mi crónica. Dato a dato mientras los grupos de 20 niños se suceden y salen sonrientes diciendo gracias señor. El problema más común es la falta de dedicación de algunos padres y yo evito juzgar porque no conozco de cerca la vida cotidiana del barrio aunque uno se la imagina porque ha visto como en el parque vecino hay más jóvenes drogados. Algunos niños tienen consciencia endeble de las normas y pueden presentar comportamientos agresivos. Es la voz de la sicóloga, desde luego pero, precisamente para eso está, para acompañarlos me digo, pero también me doy cuenta que es una defensa innecesaria porque ella no los está juzgando, sólo da una respuesta espontánea ante mis acosadoras preguntas. La correlación entre educación y reducción de situaciones críticas como las del parque o la violencia de la que son víctimas y victimarios los jóvenes está probada en todo el mundo y la lectura en voz alta, junto a las felices exploraciones de materiales de lectura de todo tipo ocupan un lugar central que la Biblioteca Departamental entiende muy bien.
Hay uno de los grupos que gozan como lo que son, como niños, de los trabalenguas que trato de enseñarles, fascinados con la lógica ilógica del lenguaje tratan de repetir la historia de la gallina peripuesiperipelicrespa que se peripuesiperipeliecrespo. Quieren que lo repita y lo intentan ellos como si acabaran de descubrir algo inusitadamente deslumbrante. El lenguaje, las capacidades que el sistema social les provea o les niegue será una herramienta fundamental que podrían tener a la mano, no tanto para que puedan huir de sus barriadas sino para que puedan entrar y salir de los mundos a los que quieran ir.
El sistema institucional que ha construido el Estado para atender a los niños luce robusto si nos fijamos en sus documentos y políticas. Dice que un Hogar de bienestar debe contar buena planta física libre de riesgos de salubridad, sanitario para cada 25 niños, agua potable, energía eléctrica; material didáctico abundante, cojines, colección de libros, títeres, juegos de aprendizaje; pelotas de diferentes tamaños; juegos de todo tipo: medicina, deportes, sonajeros y muchas otras cosas más. Juguetones, el Hogar de Bienestar del que el Bibliobús se apresta a salir , de regreso a la Biblioteca Departamental pareciera cumplir con todo eso y mucho más porque el suave aroma de una carne a la plancha, vegetales y generoso jugo de frutas que están preparando las cocineras hacen pensar que además aquí hay amor.
El camastrón, el terco, el héroe, el viejo atraviesa como una aguja el inmenso oriente de Cali, voy reconfortado, entendiendo que alguna oportunidad queda, alguna, para que al menos los jóvenes decidan con la suficiente información y sentido de la responsabilidad si van a continuar por el camino de las letras o por el de los balazos y las drogas. Después de todos somos una democracia, que si bien parece llena de rotos tampoco, ni mucho menos, le niega todo a los que nacieron fuera de las estructuras de poder. Algún respiro queda. El camión se detiene, sus anaqueles, sus 500 libros, sus dos ocupantes. El enorme tren, casi una visión demencial y ruidosa, cruza la avenida.
Entre los sueños y el parque donde consumen drogas.
Por : Spagueti Morela /Biblioteca Departamental JGB
Lo que nosotros llamamos autopistas parecen lánguidas imitaciones de las verdaderas y por ellas avanzaba el brumoso Chevrolet NPR modelo 1994, tres toneladas de capacidad; anaqueles metálicos; 500 libros de todos los tipos; un conductor; un promotor de lectura; una oscura dirección al extremo oriente de la ciudad y la misión de encontrarnos con 120 niños de un hogar infantil de bienestar administrado por el Estado para leerles cuentos. En las esquinas las luces de los semáforos perforaban el tono grisáceo de la mañana, botafuegos, equilibristas, saltarines, niños y adultos que vendían dulces o pedían una moneda eran la triste compañía circense de la pobreza y nuestro surrealismo social. Y al llegar, habiendo cruzado dos o tres puentes desde los cuales se adivina la mole de edificios escurridizos nos esperaba la amplia fachada de rejas metálicas que separaban el Hogar infantil Juguetones de un parque esplendoroso y de propiedad de jóvenes perdidos en el uso desaforado de drogas. Uno de ellos alucinaba con alguna patética visión que emergía de las ramas de un arbusto y persistía en hallar el extraño ser que lo aterraba. Íbamos a leer Dónde viven los monstruos del fallecido escritor neoyorkino Maurice Sendak, en el que un niño es castigado por sus pilatunas y se va a vivir donde los monstruos, precisamente, y Ahora no Bernardo, corto e impactante libro álbum en el que un niño se convierte en monstruo porque sus padres lo ignoran.
El Bibliobús es un servicio de biblioteca itinerante de la Biblioteca Departamental fundada hace 60 años con la donación de 3500 títulos de un industrial que vivió en la entonces pequeña villa de Cali, a principios del siglo XX. Recorre miles de kilómetros; navega costas selváticas en planchones; ignora descomunales derrumbes por los constantes inviernos y siempre llega a su destino y nadie sabe si verlo como el achacoso viejo y terco camioncito o como el achacoso viejo y terco héroe que hace de la red departamental de bibliotecas y el proceso de promoción de lectura un grupo de tercos empecinados en promover el encuentro feliz entre los ciudadanos y los materiales de lectura. De cualquier forma hay algo en ese conjunto de fierros afinados y libros desperdigados por los anaqueles improvisados que produce una extraña sensación de felicidad; parece un antiquísimo molino de viento, una alegoría al quijotismo de los que no dejan de soñar.
El hogar infantil de bienestar deslumbra por su limpieza y comodidad. Son cerca de 2300 metros cuadrados en los que los 120 chicos entre 2 y 5 años tienen piscina, salas de juego, un colorido jardín, y una deliciosa cocina en la que dos cocineras inventan manjares como en un cuento árabe. La mañana se adueña del paisaje plano del oriente de la ciudad, gigante porción de la torta urbana donde viven cerca de 600 mil obreros y obreros desempleados. Educación con calidad es la estrategia del Hogar para enfrentar el violento conflicto social que pone al extremo oriente caleño frente a miles de asesinatos, robos y violaciones que hacen de sus calles nidos permanentes de balaceras. Al bibliobús, encajado abruptamente entre el pasillo central de acceso y las rejas que defienden el hogar de la calle, van subiendo los niños en hilera como en un sartén de cabelleras multicolores: negros – o afrodescendientes- mulatos, mestizos, peli crespos, peli lacios, van siendo devorados por la ancha barriga del bibliobús. Y es la hora de leer. Se abre una indefinible parcela en la mente de todos. Carolina, la joven sicóloga los observa y sigue las narraciones… “La noche en que Max se dedicó a hacer travesuras de un tipo y de otro, su madre lo llamó monstruo…” Uno pensaría que ella está disfrutando y mirándolos fijamente para detectar en sus comportamientos el indicio de posibles problemas que traigan de sus familias. El Hogar es un sitio de gente amable y algunas bromistas como las negras Celda y María Fernanda que nos recibieron diciéndonos que cómo se nos había ocurrido traer eses camastrón – el camioncito-y luego habían estallado en risas porque el conductor, azorado porque se esforzaba para pasar el camastrón por el angosto pasillo central, les había lanzado una mueca como para hacerlas sentir desagradecidas.
Carolina, 27 años, delgada, espontánea; cuando niña, soñaba con ser sicóloga y trabajar con niños y está feliz porque ha vuelto a trabajar al hogar después de una incapacidad médica. Yo le voy preguntando de una en una para construir mi crónica. Dato a dato mientras los grupos de 20 niños se suceden y salen sonrientes diciendo gracias señor. El problema más común es la falta de dedicación de algunos padres y yo evito juzgar porque no conozco de cerca la vida cotidiana del barrio aunque uno se la imagina porque ha visto como en el parque vecino hay más jóvenes drogados. Algunos niños tienen consciencia endeble de las normas y pueden presentar comportamientos agresivos. Es la voz de la sicóloga, desde luego pero, precisamente para eso está, para acompañarlos me digo, pero también me doy cuenta que es una defensa innecesaria porque ella no los está juzgando, sólo da una respuesta espontánea ante mis acosadoras preguntas. La correlación entre educación y reducción de situaciones críticas como las del parque o la violencia de la que son víctimas y victimarios los jóvenes está probada en todo el mundo y la lectura en voz alta, junto a las felices exploraciones de materiales de lectura de todo tipo ocupan un lugar central que la Biblioteca Departamental entiende muy bien.
Hay uno de los grupos que gozan como lo que son, como niños, de los trabalenguas que trato de enseñarles, fascinados con la lógica ilógica del lenguaje tratan de repetir la historia de la gallina peripuesiperipelicrespa que se peripuesiperipeliecrespo. Quieren que lo repita y lo intentan ellos como si acabaran de descubrir algo inusitadamente deslumbrante. El lenguaje, las capacidades que el sistema social les provea o les niegue será una herramienta fundamental que podrían tener a la mano, no tanto para que puedan huir de sus barriadas sino para que puedan entrar y salir de los mundos a los que quieran ir.
El sistema institucional que ha construido el Estado para atender a los niños luce robusto si nos fijamos en sus documentos y políticas. Dice que un Hogar de bienestar debe contar buena planta física libre de riesgos de salubridad, sanitario para cada 25 niños, agua potable, energía eléctrica; material didáctico abundante, cojines, colección de libros, títeres, juegos de aprendizaje; pelotas de diferentes tamaños; juegos de todo tipo: medicina, deportes, sonajeros y muchas otras cosas más. Juguetones, el Hogar de Bienestar del que el Bibliobús se apresta a salir , de regreso a la Biblioteca Departamental pareciera cumplir con todo eso y mucho más porque el suave aroma de una carne a la plancha, vegetales y generoso jugo de frutas que están preparando las cocineras hacen pensar que además aquí hay amor.
El camastrón, el terco, el héroe, el viejo atraviesa como una aguja el inmenso oriente de Cali, voy reconfortado, entendiendo que alguna oportunidad queda, alguna, para que al menos los jóvenes decidan con la suficiente información y sentido de la responsabilidad si van a continuar por el camino de las letras o por el de los balazos y las drogas. Después de todos somos una democracia, que si bien parece llena de rotos tampoco, ni mucho menos, le niega todo a los que nacieron fuera de las estructuras de poder. Algún respiro queda. El camión se detiene, sus anaqueles, sus 500 libros, sus dos ocupantes. El enorme tren, casi una visión demencial y ruidosa, cruza la avenida.
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