Mirada.
Por: Juan Carlos Cortés
En medio de una nada verde, en donde kilómetros de pastizales se expanden sin control, se levanta una edificación. Es una construcción sencilla, pensada para que parezca una casucha abandonada a la deriva en ese mar de pastos. Pero solo es una fachada, la música que se percibe proviene de sus adentros, dejando claro que la intención es ocultar la entrada a un lugar sórdido, en donde se dan cita un sin número de esperpentos, espantos y monstruos, en donde los más siniestros planes se ingenian y las nefastas acciones se recompensan.
Todo tipo de criaturas confluyen, las camareras son mujeres escorpión, araña, o avispa, las bailarinas, nagas, arpías, y féminas bestiales, todo ser de pesadillas está presente y la alegría que desprenden, es proporcional al sufrimiento que llevan a los humanos.
En ese sitio es día de celebración, uno de los tantos espantos que recorren la tierra, ha sido promovido a demonio, sus macabras acciones le han otorgado ese honor, y sus colegas han decidido festejar por lo alto, los invitados son muchos, el ánimo festivo contagia a cualquiera, no todos los días alguien alcanza tan alto cargo.
El licor, la sangre y las botanas circulan por las mesas, las camareras se están haciendo su agosto y circula el rumor de que el acto central de la velada está por comenzar.
En medio del bullicio y el ajetreo, las camareras se detienen, y al ritmo de una suave melodía comienzan a bailar para sorpresa de los comensales, la danza era una invitación al deseo, con movimientos lentos pero fluidos, las féminas fueron recorriendo el sitio, dejando estupefactos a los espectadores.
Las ovaciones y los gritos de ánimo no se hacen esperar, el público está emocionado y con creciente agitación, tanta sensualidad reunida en un solo lugar, despiertan los instintos de los invitados, la pasión y la excitación.
Cuando el show no puede dar más, el ritmo de la melodía cambia, un suave incienso llena la estancia y con una última coreografía las bailarinas desaparecen, dejando a los presentes con ganas de mucho más.
Un foco se prende y resalta a una solitaria figura en medio de una improvisada tarima, esta ataviada con un hermoso conjunto de transparente seda, la cual se oscurece un poco, ocultando las partes íntimas de la fémina, algunas joyas y una venda tapando sus ojos. Su apariencia a simple vista es totalmente humana, no posee ningún rasgo que desvele su naturaleza monstruosa, sus curvas son delicadas y su altura es la media.
Una nueva música suena y el aroma del incienso se intensifica, tras lo cual, comienza una nueva danza, si el baile anterior era sensual, este lo supera en exceso, aquella mujer exuda belleza, con cada movimiento su cuerpo se mueve en una coreografía perfecta, su oscuro cabello, sus brazos, manos, pecho, vientre, piernas y pies se desplazan como si flotaran, cada contoneo es ejecutado con el fin de despertar pasión.
La melodía va tomando fuerza, y el ritmo comienza a ser más rápido, ante eso, la bailarina se despoja de la parte superior de su vestimenta, revelando una piel blanca, tersa y brillante, los comensales comprueban, algunos con alivio, que aquella hermosura es de su raza, el brillo se debe a el reflejo de la luz en unas diminutas escamas que recubren su cuerpo. Sin ropa que los oculte, el movimiento de sus senos se añade a la danza. El público enloquece y con todos los instintos enardecidos aclaman por la completa desnudez de la mujer.
Utilizando la espera y la sensualidad el baile en solitario de la danzante oscila entre la lentitud y la rapidez, cada giro, cada contorsión, hacen juego con su cuerpo, y después de mantener en vilo a los presentes, en un rápido movimiento se deshace del pantalón de rosada seda. Si antes los comensales estaban desesperados, ahora si se desataba la locura, aquellas bestias se levantan de sus sillas, se encaraman en las mesas, se empujan, todo, para lograr una mejor perspectiva de aquella belleza desnuda.
La mujer continua bailando, ajena a las pasiones que su hermosura despierta, y acercándose al final de la tarima, da una última voltereta y termina su espectáculo arrodillada, de cara al público; los monstruos embriagados de deseo, piden que siga exhibiéndose, y enojados reclaman que se quite también la venda que cubre sus ojos, al escuchar aquellas peticiones, la mujer se muestra confundida y abandona el improvisado escenario, dejando atrás los alaridos y gritos de rabia de las bestias.
Era tanta la insistencia, que el dueño del bar la detuvo antes de que se refugiara en su camerino, y con unas pocas palabras, la obligo a regresar y seguir bailando, para que cumpliera con las peticiones del público y así evitar mayores problemas.
La fémina acepta, y con lentitud hace una nueva entrada, regalándoles una sublime danza a los espectadores, pero estos sin sentirse ya satisfechos, quieren una desnudez completa, no conocer los ojos de aquella beldad es impensable, una simple bailarina debía de mostrarlo todo, el gusto del acto era sentirse superiores a aquella que los deleitaba, y dejarla con esa única prenda, era dejarla con algo de dignidad y una desnudista no debía ser merecedora de eso.
Ante los alaridos obscenos y las peticiones de los clientes, la danza termino y encarando a los presentes, se desato la venda, pero no abrió los ojos, con gritos y amenazas los monstruos exigieron ver los ojos que seguían ocultos, ante lo cual la mujer suspiro y les entrego su mirada.
La algarabía cesó de inmediato, el bullicio, los silbidos, las insinuaciones y un sinfín de sonidos que llenaba el lugar terminó abruptamente, el silencio de la muerte inundó el sitio y ninguno de los excitados comensales vivió después ver en esos ojos a la Parca. Fueron condenados a perecer, por querer conocer la única cosa que avergonzaba a aquella monstruosa fémina, su mirada.
En medio de una nada verde, en donde kilómetros de pastizales se expanden sin control, se levanta una edificación. Es una construcción sencilla, pensada para que parezca una casucha abandonada a la deriva en ese mar de pastos. Pero solo es una fachada, la música que se percibe proviene de sus adentros, dejando claro que la intención es ocultar la entrada a un lugar sórdido, en donde se dan cita un sin número de esperpentos, espantos y monstruos, en donde los más siniestros planes se ingenian y las nefastas acciones se recompensan.
Todo tipo de criaturas confluyen, las camareras son mujeres escorpión, araña, o avispa, las bailarinas, nagas, arpías, y féminas bestiales, todo ser de pesadillas está presente y la alegría que desprenden, es proporcional al sufrimiento que llevan a los humanos.
En ese sitio es día de celebración, uno de los tantos espantos que recorren la tierra, ha sido promovido a demonio, sus macabras acciones le han otorgado ese honor, y sus colegas han decidido festejar por lo alto, los invitados son muchos, el ánimo festivo contagia a cualquiera, no todos los días alguien alcanza tan alto cargo.
El licor, la sangre y las botanas circulan por las mesas, las camareras se están haciendo su agosto y circula el rumor de que el acto central de la velada está por comenzar.
En medio del bullicio y el ajetreo, las camareras se detienen, y al ritmo de una suave melodía comienzan a bailar para sorpresa de los comensales, la danza era una invitación al deseo, con movimientos lentos pero fluidos, las féminas fueron recorriendo el sitio, dejando estupefactos a los espectadores.
Las ovaciones y los gritos de ánimo no se hacen esperar, el público está emocionado y con creciente agitación, tanta sensualidad reunida en un solo lugar, despiertan los instintos de los invitados, la pasión y la excitación.
Cuando el show no puede dar más, el ritmo de la melodía cambia, un suave incienso llena la estancia y con una última coreografía las bailarinas desaparecen, dejando a los presentes con ganas de mucho más.
Un foco se prende y resalta a una solitaria figura en medio de una improvisada tarima, esta ataviada con un hermoso conjunto de transparente seda, la cual se oscurece un poco, ocultando las partes íntimas de la fémina, algunas joyas y una venda tapando sus ojos. Su apariencia a simple vista es totalmente humana, no posee ningún rasgo que desvele su naturaleza monstruosa, sus curvas son delicadas y su altura es la media.
Una nueva música suena y el aroma del incienso se intensifica, tras lo cual, comienza una nueva danza, si el baile anterior era sensual, este lo supera en exceso, aquella mujer exuda belleza, con cada movimiento su cuerpo se mueve en una coreografía perfecta, su oscuro cabello, sus brazos, manos, pecho, vientre, piernas y pies se desplazan como si flotaran, cada contoneo es ejecutado con el fin de despertar pasión.
La melodía va tomando fuerza, y el ritmo comienza a ser más rápido, ante eso, la bailarina se despoja de la parte superior de su vestimenta, revelando una piel blanca, tersa y brillante, los comensales comprueban, algunos con alivio, que aquella hermosura es de su raza, el brillo se debe a el reflejo de la luz en unas diminutas escamas que recubren su cuerpo. Sin ropa que los oculte, el movimiento de sus senos se añade a la danza. El público enloquece y con todos los instintos enardecidos aclaman por la completa desnudez de la mujer.
Utilizando la espera y la sensualidad el baile en solitario de la danzante oscila entre la lentitud y la rapidez, cada giro, cada contorsión, hacen juego con su cuerpo, y después de mantener en vilo a los presentes, en un rápido movimiento se deshace del pantalón de rosada seda. Si antes los comensales estaban desesperados, ahora si se desataba la locura, aquellas bestias se levantan de sus sillas, se encaraman en las mesas, se empujan, todo, para lograr una mejor perspectiva de aquella belleza desnuda.
La mujer continua bailando, ajena a las pasiones que su hermosura despierta, y acercándose al final de la tarima, da una última voltereta y termina su espectáculo arrodillada, de cara al público; los monstruos embriagados de deseo, piden que siga exhibiéndose, y enojados reclaman que se quite también la venda que cubre sus ojos, al escuchar aquellas peticiones, la mujer se muestra confundida y abandona el improvisado escenario, dejando atrás los alaridos y gritos de rabia de las bestias.
Era tanta la insistencia, que el dueño del bar la detuvo antes de que se refugiara en su camerino, y con unas pocas palabras, la obligo a regresar y seguir bailando, para que cumpliera con las peticiones del público y así evitar mayores problemas.
La fémina acepta, y con lentitud hace una nueva entrada, regalándoles una sublime danza a los espectadores, pero estos sin sentirse ya satisfechos, quieren una desnudez completa, no conocer los ojos de aquella beldad es impensable, una simple bailarina debía de mostrarlo todo, el gusto del acto era sentirse superiores a aquella que los deleitaba, y dejarla con esa única prenda, era dejarla con algo de dignidad y una desnudista no debía ser merecedora de eso.
Ante los alaridos obscenos y las peticiones de los clientes, la danza termino y encarando a los presentes, se desato la venda, pero no abrió los ojos, con gritos y amenazas los monstruos exigieron ver los ojos que seguían ocultos, ante lo cual la mujer suspiro y les entrego su mirada.
La algarabía cesó de inmediato, el bullicio, los silbidos, las insinuaciones y un sinfín de sonidos que llenaba el lugar terminó abruptamente, el silencio de la muerte inundó el sitio y ninguno de los excitados comensales vivió después ver en esos ojos a la Parca. Fueron condenados a perecer, por querer conocer la única cosa que avergonzaba a aquella monstruosa fémina, su mirada.
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