Muerte al final de la carretera
Por: José Daniel Bustos
La muerte nos esperaba al final de la carretera. Eso lo sabíamos todos, toditicos todos. No había razón para saberlo, ni siquiera para pensarlo. Ni para intuirlo. Simplemente lo sabíamos.
Acabábamos de terminar con el último parcial del semestre y no queríamos saber más nada de la universidad, ni de nuestras casas, ni de nuestras vidas. Mentiría al decir que la idea fue mía, pues la saqué de esas típicas e innumerables series juveniles en las que varios adolescentes deciden viajar a cualquier lugar para terminar con el estrés de los finales de semestre en una playa o en la orilla de un lago. La idea no fue mía. Simplemente lo dije en voz alta, en tono de broma. Pero no sonaba nada mal, y eso era justo lo que necesitábamos, lo sabíamos. Pudimos haber ido a cualquier lugar en la cordillera o en el valle. Cualquier lugar en el que acampar que fuera cercano a un pueblo como en el que vivo. Y, de hecho, eso habíamos decidido. Acamparíamos junto al río en el corregimiento de potrerito, en Xamundí, a 15 minutos de una pequeña comunidad indígena. A 3 horas de la cabecera municipal de Xamundí, a media hora de Cali.
Aquel lugar era demasiado común, y cada fin de semana recibía la visita de más de 200 personas que solo buscaban beber y comer fritanga a la orilla del río, contaminándolo con latas de cerveza y platos plásticos y de polietileno.
Pero yo conocía otro lugar. Un lugar muy poco conocido, casi inexistente en las mentes de los vallecaucanos. ME estremezco al recordar aquel lugar. El oasis, lo llamábamos. Y válgame Dios que otra cosa no podría ser. Hacía honor a su nombre con creces. Mi mejor amigo de la infancia, Sebastián, me había llevado allí cuando cumplí 12 años. Pero ya habrá tiempo para hablar de El oasis, ya lo habrá. Mas no habrá tiempo para hablar sobre Sebastián.
Todos accedieron a ir a El oasis. En parte porque lo único que queríamos era ir a cualquier lugar, lo más lejos posible del planeta, y en parte porque cuando sugiero algo es más bien imperativo, y nadie tenía deseos de discutir, menos conmigo. Pero la única y verdadera razón fue que cuando describí aquel paisaje los ojos de mi compañeros brillaron de una manera extraña, sus bocas se entreabrieron y hasta suspiraron. Fascinación y temor, eso les brindé a mis compañeros con tan solo una descripción.
Era un jueves. Partiríamos el lunes próximo. Para el domingo todo estaba listo: comida, agua, bebida, mariguana y acido. Dormiríamos en hamacas que colgaríamos de los arboles.
Llegó el lunes por la mañana y todos estábamos allí: Manuel (novio de María y padre putativo de Jesús, así le llamábamos), María, Jorge (quien se había teñido el cabello de azul) y Andrés. Y yo. Nos fuimos en la buseta del padre de Andrés escuchando música a todo volumen. Casi fuimos arrollados tres veces antes de llegar al río Xamundí, donde vi un hombre extraño vestido de azul pescando desde el puente. Tenía bigote y lentes oscuros. Juro que me devolvió la mirada con una sonrisa burlona. Lo juro. Los demás no lo vieron. Estaban demasiado ocupados cantando a todo pulmón.
Hello hello hello ho low? Hello hello hello ho low?
Hello hello hello ho low? Hello hello hello ho low?
En pocos minutos llegamos al río Cauca. De pequeño oí demasiadas historias sobre el río. Algunas reales y otras que eran obviamente falsas, aún para los oídos de un niño de 6 años. Todas esas historias se arremolinaron en mi cabeza durante un segundo y después las olvidé por completo. No las olvidé por que sí. Estaba sonando la canción favorita de Jorge. Yo estaba al lado de la ventanilla. Jorge debió haber visto mi rostro tenso, porque con el beso que me dio quiso tranquilizarme. Y eso hizo. Le devolví el beso y escuché a los demás chicos dentro de la buseta reír a carcajadas. La boca de Jorge sabía a alcohol, y su lengua se retorcía dentro de mi boca de una manera extraña. Ambos terminamos riéndonos igual que los demás. Jorge quiso tomar mi mano, pero para evitarlo saqué la mitad de mi cuerpo por la ventanilla, me senté en esta y levante mis brazos gritando como solo un adolescente que acababa de ser besado por un chico de cabello azul podría. Andrés me dijo furioso que entrara. Cuando lo hice María seguía riéndose, contorsionándose y enredando su rubia cabellera dentro del auto. Jorge no intentó tomar mi mano de nuevo.
A unos 5 kilómetros del puente, junto a una pequeña choza nacía un camino casi imperceptible. 2 hileras de hierba seca que marcaban el camino hacia la montaña. Me pregunté cómo fue que pude haber llegado hasta ese lugar en bicicleta a los doce años. Al llegar a este punto nos cansamos de escuchar música y gritar y reír y beber. Ya iba siendo tarde y el sol se escondía tras la montaña. Y hacia alla íbamos, allí la muerte esperaba por cuatro de nosotros. En ese momento solo yo lo sabía.
Trataré de resumir todo, pues no tengo muchas ganas de recordar. Nuestra meta era por lo dicho, El oasis, que se ubicada en un gran desierto al otro lado de una pequeña montaña que de igual manera no dejaba de ser inmensa. Habría que rodearla.
Justo cuando llegamos a esta se acabó la gasolina. Pero no podíamos detenernos, incluso aunque estuviera a punto de anochecer.
Bajamos del auto con las mochilas, todos excepto Andrés, quien al parecer murió por una sobredosis de Acido, cómo siempre quiso, a mitad de los sueños.
Andrés quedó al volante, junto a él dejamos una corta nota de cinco palabras y una botella de agua. Seguimos nuestro viaje.
Después de caminar unas dos horas llegamos al lugar donde la montaña dejaba de ser montaña y se convertía en el desierto. Manuel revisó su reloj: 11:45. Dormimos sobre la arena que permanecía todavía caliente. En medio del insomnio producido por el cansancio, antes de caer dormido, pude escuchar a María rezando un rosario. “Jesús, guía nuestro camino, no nos abandones ni nos desampares”. Aquellas fueron sus últimas palabras. Cuando amaneció vimos su cuerpo en el suelo, ensangrentado. A su lado un cóndor levantó el vuelo dejando una estela de sangre. Manuel se quedó a su lado, esperando el regreso del cóndor. No dijo nada, no se movió. Tenía la vista perdida y juro que había dejado de respirar. Cuando nos despedimos una lagrima negra bajó por su mejilla izquierda.
Quedamos pues Jorge y yo. Su cabello azul había perdido ya el brillo y se mostraba cansado. A aquella hora de la mañana en el horizonte ya se podía divisar un pequeño punto. Gritamos eufóricamente y corrimos con las mochilas a nuestras espaldas. La euforia duró poco, como habría de esperarse. El sol comenzó a brillar y calentar más y más. Era ya casi medio día cuando Jorge calló sobre sus rodillas. Su piel estaba roja. Me miró clamando piedad. Lo besé por última vez y saqué una botella de agua de su mochila. Le di un pequeño sorbo, me di vuelta y seguí con mi camino.
Treinta segundos después lo vi. Sebastián me esperaba bajo la sombra de una palmera sonriendo.
Y desde aquí, bajo la sombra de la palmera me atrevo a recordar, mientras veo a Jorge, Sebastián, María, Manuel y Andrés jugando en las aguas del río, mientras son vigilados por los ojos de aquel despiadado cóndor.
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